“Entre el cielo y la tierra”
En un lugar de la Patagonia en cuyo invierno quisiera encontrarme; inmóvil se encontraba casi en el fin del mundo aquel árbol viejo. Detenido en medio del frío y la nada. Lo rodean diminutos granos de arena que corren por laberintos dejando un olor a café a su paso. Parece tenerlo todo.
En este lugar la música danza con el viento entre las montañas formando espirales con las nubes, que llueven cielos púrpura y magenta. El viejo árbol contempla cada cielo, siente cada grano de arena en sus raíces y observa ve pasar la música y el viento bailando sobre las montañas; sin embargo, siente que su vida es un cuarto oscuro. Su corazón se marchita con cada minuto que pasa.
Ha llegado la noche y una luz repentina atrae la atención del árbol. Esa luz es diferente a cualquier cielo antes visto por alguien. El árbol observa perplejo aquella gran luz convertida en mujer, que baja por la montaña. Grácil y modesta, la dama se acerca a él. Dijo llamarse “Luna”, a su vez entraba poco a poco en sus ojos como suaves cuchillos hasta llegar a su corazón.
Esa noche el árbol patagónico conoció la desesperación, al no poder rodearla con sus ramas y beberla como gotas de lluvia. Ella dejó en su esencia de árbol una sonrisa impregnada. Y ahí estaba, desnuda y tiritando de fío, ambos invadidos por la paz del sur.
Así pasaron horas, días y semanas, y aquella mujer blanquísima y el árbol patagónico se enamoraron, encontraron por fin la respuesta que ningún cielo y ninguna tierra les dio jamás. Juntos fueron uno solo, ambos encontraron su lugar en el universo; aquello por lo cual habían esperado siempre.
-“Tengo que regresar”, dijo luna mientras el viejo árbol la cobijaba con hojas secas que caían de sus ramas. En ese momento todo se detuvo y el árbol enmudeció; no podía detenerla porque la amaba y siendo el único ser en su vida, en todo lugar y espacio, decidió regalarle aquello que más quería: su corazón, que alguna vez estuvo moribundo y que había vuelto a la vida, latiendo más que nunca, gracias a ella.
-“Distante cuidaré siempre de ti, suspendida en el cielo cada noche pediré al viento que toque canciones en tu honor”.
Y así la mujer ascendió por la montaña nevada hasta convertirse nuevamente en la enorme luna llena que vigila las noches de invierno.
El árbol patagónico derramó lluvia de sus ojos y nunca más pudo tenerla cerca. Cada noche el viento toca una melodía y el árbol quiere alcanzar a la luna para bailar con ella una pieza…con sus raíces en la tierra, y sus ramas en el cielo como lánguidos brazos derrotados. Sigue amando aquello que tiene tan lejos y se llevó su corazón: